lunes, 13 de diciembre de 2010

La baja natalidad es la base de la crisis económica


La baja natalidad es la base de la crisis económica
Esta crisis tiene su origen en el hecho de que hemos negado la vida, no hemos tenido hijos, o además de no tenerlos, incluso los hemos matado, y por tanto hemos reducido el crecimiento de la población por debajo de los ritmos naturales
Autor: Ettore Gotti Tedeschi | Fuente: http://www.forumvida.org

En las decenas de debates en los que he participado sobre la actual crisis económica en los últimos dos años, raramente he oído afrontar el problema de sus orígenes y de su realidad histórica. Por ello intentaré razonar sobre estos temas de una forma que no es habitual.

El origen de esta crisis económica no reside en el uso equivocado de instrumentos financieros por parte de banqueros o políticos o financieros. Esta crisis tiene su origen en el hecho de que hemos negado la vida, no hemos tenido hijos, o además de no tenerlos, incluso los hemos matado, y por tanto hemos reducido el crecimiento de la población por debajo de los ritmos naturales, penalizando gravemente el crecimiento económico, el desarrollo, el bienestar.

¿Por qué razón estas cosas no se dicen? No de dicen porque se consideran de carácter moral. Y todo lo que es de carácter moral no se considera porque aparentemente no es científico.

Como afirma también el Papa Benedicto XVI en la Caritas in Veritate, el origen de esta crisis es de carácter moral: se ha negado la vida.

En el primer capítulo de la encíclica, el Papa recuerda las dos encíclicas de Pablo VI, Populorum Progressio (1967) y Humanae Vitae (1968). Pablo VI sugería que una lógica de desarrollo económico no podía prescindir del valor del hombre y por tanto del valor de la vida, y que el desarrollo debía ser integral para el hombre y no sólo material.

De hecho, en la Caritas in Veritate, Benedicto XVI expone con una racionalidad extrema el hecho de que la consecuencia del no respeto a la vida y a un desarrollo integral del hombre ha generado una forma de nihilismo y un alejamiento de la cultura contemporánea de toda forma de verdad o de principio de referencia. Este reduccionismo ha influenciado a la economía, las finanzas, la política, hasta el punto de conseguir una forma de autonomía moral que se ha convertido en enemiga del hombre.

Sobre las razones del derrumbe del desarrollo económico que ha llevado a esta crisis, ya en 1968, en la Universidad de Stanford, el profesor Paul Ralph Ehrlich comenzó a proponer una teoría neo-malthusiana suya según la cual si el crecimiento de la población hubiese continuado al ritmo de los últimos años, habría provocado un fenómeno que fue considerado aterrados en su momento: es decir, centenares de millones de personas antes del año 2000 habrían muerto de hambre por la falta de recursos.

Algunos años después, en un libro titulado “Los límites del desarrollo”, elaborado y propuesto por el Club de Roma y por muchos otros círculos similares, volvía a proponer las profecías catastróficas de Ehrlich, sosteniendo que la tasa de crecimiento de la población era demasiado alta, que había que detenerla, de lo contrario decenas de millones de personas morirían de hambre antes del año 2000 en Asia, en China y en India. Imaginaos un poco: no sólo no han muerto de hambre, sino que han llegado a ser más ricos que nosotros, hasta el punto de sostener en pie nuestra economía.

¿Y quién ha producido esta riqueza? Ha sido precisamente el crecimiento de sus poblaciones. ¿Qué provoca un sistema económico que no tiene hijos? Me limito solo a mi conocimiento de los hechos y exclusivamente a las “cunas vacías”. Los “no nacimientos” provocan una forma de congelación del número de la población y en consecuencia el aumento de los costes fijos de una estructura económica. En los años 70 el mundo estaba dividido convencionalmente en cuatro grandes áreas: el mundo desarrollado, cerca de mil millones de personas, con Estados Unidos, Canadá, Japón y Europa; después estaba el segundo mundo, el del bloque soviético; después estaba un mundo en vías de desarrollo; y finalmente, el cuarto mundo, en condiciones de grave subdesarrollo.

En aquellos años, el llamado mundo desarrollado, a causa de las teorías neo-malthusianas, bloqueó el crecimiento de la población de un 4-4,5% a una bajada progresiva hasta el 0% de los años Ochenta, sobre todo en Europa, Estados Unidos, Canadá y Japón.

¿Sabéis que significa crecimiento cero? Uno piensa: ¡no se tienen hijos! No, crecimiento cero quiere decir que se tienen dos hijos por pareja, que es la tasa de sustitución. El crecimiento cero provoca la congelación del número de una población y cambia su composición: hay menos jóvenes que acceden al mundo del trabajo y de la productividad, y más personas que salen del mundo del trabajo por ancianidad. Esto provoca por un lado una menor productividad, un detenimiento del ciclo del desarrollo social, por tanto se casan menos parejas, menos parejas tienen hijos, y por otro aumentan los costes fijos. Porque las personas que envejecen tienen un coste mayor como pensiones y como sanidad, Este es un fenómeno que fue ignorado completamente. 

El crecimiento cero provoca la imposibilidad de reducir los impuestos porque aumentan los costes fijos: en 1975 el peso fiscal en Italia era del 25% del producto interno bruto, hoy es el 45%. El fenómeno de las cunas vacías no sólo frena completamente el crecimiento, sino que hace caer la tasa de acumulación del ahorro, porque una familia con un solo hijo tiende a no ahorrar, pierde motivaciones y no ve grandes perspectivas.
¿Qué hizo nuestra civilización desarrollada para compensar la caída del desarrollo consiguiente a la caída de los nacimientos? Llevó a cabo dos intervenciones concretas de carácter económico: el aumento de la productividad; y la deslocalización productiva. El aumento de la productividad a través de la innovación tecnológica, intentando producir más para hacer crecer más la tasa de desarrollo. La segunda estrategia fue la deslocalización productiva, es decir, la transferencia a Asia de una serie de producciones de bajo coste con el objetivo de obtener bienes que costaban menos y que hacían aumentar el poder adquisitivo. Pero tampoco esto bastó. Entonces se adoptó el llamado sistema de crecimiento a débito, haciendo endeudarse al sistema económico y sobre todo a las familias.

Os doy dos números: desde 1998 hasta 2008 el endeudamiento del sistema “Italia” ha crecido del 200% al 300% del PIB, es decir, un 50%. Todo esto para sostener una tasa de crecimiento que prescindía completamente de los nacimientos y del crecimiento de la población. Pero fue aún peor en los Estados Unidos, cargados también por exigencias de presupuesto militar. En los últimos 10 años, desde 1998 hasta 2008, el peso del endeudamiento de las familias americanas sobre el PIB pasó del 68% al 96%, es decir, 28 puntos porcentuales. 28 dividido entre diez hace 2,8 al año de crecimiento debido completamente a la tasa de endeudamiento de las familias: es decir, las familias, para sostener los consumos y el crecimiento económico del PIB se han endeudado hasta un nivel insostenible. 

Las familias se han encontrado siendo ellas subsidiarias del Estado, en lugar de lo contrario. Las familias se han endeudado durante muchos años, han visto derrumbarse el valor de sus inversiones, han visto caer el valor de la casa que habían comprado, han visto derrumbarse el valor de su fondo de pensiones, y todo esto endeudándose para mantener en pie casi el 75-80% del producto interior bruto americano. ¿Y todo esto por qué? Porque no se tenían hijos o no se dejaban nacer suficientes; está claro, y lo sabemos todos, que la tasa de crecimiento americano de la natalidad era levemente superior, pero ello se debía mucho también al proceso de inmigración latino-americana, que no ha sido suficiente para compensar las exigencias del PIB americano.

En conclusión: hace muchos años pensábamos que no teniendo hijos nos habríamos convertido en más ricos, habríamos estado mejor. Ha sucedido exactamente lo contrario: no teniendo hijos, nos hemos convertido en más pobres y estaremos mal durante mucho tiempo si no conseguimos desinflar este sistema de endeudamiento y si no volvemos a dejar nacer al menos a los niños concebidos.

domingo, 12 de diciembre de 2010

El Valor


Autor: Marta Arrechea Harriet de Olivero | Fuente: Catholic.net

Curso: Las 54 virtudes atacadas
Autora y asesora del curso: Marta Arrechea Harriet de Olivero
Lección 16 y 17 El Valor y la Humildad


El valor es una virtud que nos capacita y nos prepara al ánimo para enfrentar las dificultades, los peligros y los obstáculos que se nos presentan en la vida ayudándonos a superar el miedo.

El valor es hijo de la fortaleza, que lo asiste para resistir y afrontar los peligros que se presentan. 
La naturaleza humana, debido al instinto de conservación que le ordena cuidar su vida, responde ante el peligro y se defiende sintiendo miedo, porque advierte que algo grave o irreversible puede pasarle. Naturalmente, toma conciencia de la amenaza que tiene frente a ella y del riesgo que corre su vida o su persona.

Ser fuerte y valiente no es lo mismo que no tener miedo. El miedo es lícito. El valor es la virtud que vence al miedo cuando el motivo a defender lo vale. No es la ausencia del miedo, sino vencerlo porque la causa lo vale. Sirva como ejemplo de lo que decimos el texto de la carta que en medio del combate de la Guerra de las Malvinas en 1982 escribió el sargento Acosta (fallecido) para su hijo:

“PUERTO ARGENTINO 2/6/82.

Querido hijo Diego, ¿Qué tal muchacho? ¿Cómo te encuentras? Perdóname que no me haya despedido de ti, pero es que no tuve tiempo, por eso te escribo para que sepas que te quiero mucho y te considero todo un hombrecito y sabrás ocupar mi lugar en casa cuando yo no estoy. Te escribo desde mi posición y te cuento que hace dos días iba en un helicóptero y me bombardearon, cayó el helicóptero y se incendió, murieron varios compañeros míos pero yo me salvé, y ahora estamos esperando el ataque final. 

Yo salvé a tres compañeros de entre las llamas. Te cuento para que sepas que tienes un padre del que puedes sentirte orgulloso y quiero que guardes esta carta como un documento por si yo no vuelvo, o si vuelvo para que el día de mañana cuando estemos juntos me la leas en casa.

Nosotros no nos entregaremos, pelearemos hasta el final y si Dios y la Virgen lo permiten, nos salvaremos. En estos momentos estamos rodeados y será lo que Dios y la Virgen quieran. Recen por nosotros y fuerza hasta la victoria final. Un gran abrazo a tu madre y a tu hermana, cuídalos mucho, como un verdadero Acosta.
Estudia mucho.

“VIVA LA PATRIA”
Cariñosamente.

Ramón Acosta.” (1)

Que una persona se anime solamente a enfrentar un peligro tampoco quiere decir que sea un valiente. Lo que hace que el valor sea virtud es la defensa de un bien mayor,como los jóvenes que, encontrándose ya a salvo y afuera, volvieron a entrar en la discoteca en llamas para salvar a los demás. O el salvavidas que se arroja a las aguas embravecidas del mar para salvar a una persona a punto de ahogarse. Como en estas y otras muchas circunstancias similares, cuando un hombre despega en un avión para combatir en una guerra sabiendo que probablemente no volverá pero que está defendiendo a su Patria, su soberanía y la causa lo vale, entonces el valor se convierte en heroísmo. Los argentinos contamos entre otros tantos héroes anónimos, con los aviadores de la Fuerza Aérea Argentina y de la Armada quienes escribieron una página de gloria, valor y coraje durante la guerra de las Malvinas en 1982, enfrentando con heroísmo y altísima moral al enemigo que debieron combatir.

A través de nuestras vidas tendremos cotidianamente oportunidades de desarrollar actitudes valientes sin necesidad de tener que estar arriesgando la vida, pero que necesitarán también su cuota de valor. Necesitaremos una buena cuota de valentía para examinar nuestra conciencia y confesarnos (y ver las miserias que no queremos ver). Para reconocer nuestras faltas ante terceros y pedirles perdón. Para corregir a nuestros empleados o subalternos cuando lo debemos hacer porque han faltado a su deber (y preferiríamos dejarlo pasar, jugar a ser amistosos y no decir nada). Para no hacer sistemáticamente la “vista gorda “cuando tenemos que enfrentar y tomar decisiones difíciles y desagradables. Para hablar cuando queremos callar. Para defender cuando la verdad o alguna persona es injustamente atacada (ya sea físicamente como verbalmente delante de otros o aún detrás de otros en una crítica o calumnia).

Callar cuando debemos hablar muchas veces es cobardía, que es la cara opuesta del valor. Puede haber otras causas para callar (como comodidad, falta de compromiso, falta de amor a la verdad, a la justicia etc.) pero en general es falta de valor, falta de temple o de animarse a exponerse a sufrir las posibles consecuencias. Esto ocurre en todos los ámbitos cuando tenemos que defender una posición comprometida o defender a una persona que tiene razón en lo que dice pero que es la única que sostiene esa posición. Esto se da habitualmente, y cada vez más, debido a la pérdida de las virtudes. Ya sea en una comisión de un club en donde un miembro de la comisión defiende solo la posición adecuada, o en el mismo ambiente parroquial en donde uno solo lucha contra la desacralización, o en un grupo de amigos en que uno solo detiene a los otros para no emborracharse o para no drogarse. La defensa de la Verdad, que es Dios, merece un llamado de atención aparte, ya que está expresamente mandada en el Evangelio. El mismo Jesucristo nos sentencia: “el que me defiende delante de los hombres Yo lo defenderé delante de mi Padre Celestial” y dos evangelistas lo citan. (Mt 10:32, Lc 9:6). El Señor lo marca como una actitud a recompensar, porque sabía que muchas veces iría acompañado del martirio cruento o incruento, y siempre de soledad e incomprensión. El primer deber de un cristiano es no renegar de su fe, pero el mayor es defenderla y confesarla públicamente para dar mayor gloria a Dios y edificar a otros. Y, para esto, además de fe, hace falta valor que se nos infunde en el Sacramento de la Confirmación.

La historia de la Iglesia desde su inicio está plagada de testimonios de personas que aceptaron con valor la muerte antes que negarlo a Cristo. La Iglesia de los primeros tiempos durante los tres primeros siglos fue la Iglesia de la persecución y del martirio. Los cristianos fueron perseguidos por orden de los 200 emperadores romanos. Celebraban el divino sacrificio de la misa en lugares oscuros y subterráneos que aún subsisten en Roma y se llaman las catacumbas. A partir de ahí, y durante estos XXI siglos millones de personas han sido asesinadas por no querer renegar de la fe cristiana. En la historia de los guerreros existieron dos tipos de conductas ante el peligro. Una era la de los hombres rudos, primarios y valientes hasta la temeridad, hombres endurecidos física y psíquicamente. Pero el modelo de valentía en la historia fue el caballero cristiano cuyo valor fue sublimado por una mística especial y fue encarnado magistralmente en el alma hispánica. El caballero cristiano era valeroso e intrépido. No se sentía miedo más que de Dios y de sí mismo y des sus miserias que podrían traicionarlo. Pero lo que hacía característica al alma hispana es que el caballero cristiano iba a la lucha y a la muerte sostenido por una idea, por un ideal o una convicción. Combatía por amor. Amor a Dios, a la Patria, a los suyos, a su hogar. La fortaleza del caballero y la tenacidad de sus convicciones nace en que él no toma sus armas de afuera, sino de adentro de sí mismo, de su propia convicción y de su propia conciencia. Es por ello que es capaz de levantar su corazón al cielo y sostenerlo ante cualquier obstáculo. De nadie espera la fuerza sino de Dios, y a nadie le teme sino a Él y a no permanecerle fiel. De ahí que el caballero cristiano no dude, no vacila como el hombre moderno, que anda por la vida como un náufrago buscando apoyo en tal o cual novedosa teoría o en la opinión de la mayoría.

El alma hispana cree en lo que piensa y piensa en lo que cree. El caballero cristiano sabía muy bien lo que había en juego (que era su propia vida) pero también sabía lo que defendía, de ahí que su aparente desprecio ante la muerte no fuese ni fatalismo, ni abatimiento, sino firme convicción religiosa que le dirigía la vida. Sabe que el paso sobre esta tierra es efímero y recuerda que hay un cielo que ganar y un infierno en donde podemos caer eternamente. Más tarde, a través de los siglos, millones de hombres tomarán el alma hispánica y cristiana como modelo a seguir para batallar en defensa de Dios, la Patria y los valores morales que ellos encarnan, dentro de los cuales los ejemplos máximos fueron los mártires.

Aún hoy, en el siglo XXI, en las guerras justas que se libran en defensa de la soberanía de una Nación o en contra del comunismo ateo hay sobrados ejemplos de aquel espíritu noble, hispano, dueño de sí y que está dispuesto a ofrecer su vida por bienes mayores. México con el martirio de sus cristeros y España con su millón de muertos en la Guerra Civil antes de rendirse al comunismo ateo han dejado escrito en el siglo XX, entre otros, páginas de gloria. La valentía necesita a su vez de la prudencia para no caer en laosadía que sería afrontar peligros desproporcionados a nuestras fuerzas sin ninguna reflexión, como pretender apagar el fuego de un edificio en llamas nosotros solos con unos matafuegos o enfrentar desarmados a diez malhechores con armas que nos asaltan en nuestra propia casa. 

Otro exceso es la temeridad, que se arroja a los peligros sin ni siquiera haber considerado si el riesgo y las consecuencias lo valen. Si un padre de 7 hijos vive arriesgando su vida en un auto de carrera porque le gusta la velocidad, no será un valiente, será un temerario que se arroja a los peligros sin meditar y sin fundamento o motivos que lo justifiquen y además, un irresponsable porque su deber de estado le exige cuidar su vida para sostener su familia y educar a sus hijos. A lo sumo será valiente si, prendiéndose fuego el auto de un compañero que ha volcado en la carrera, detiene el suyo y entra para salvarlo. Si un piloto de un avión con doscientos pasajeros a bordo desafía el cruzar una tormenta sólo porque él lo decide así (desoyendo las advertencias de la torre de control) no será un valiente, sino un temerario asesino en potencia. El diablo ha “hecho que los hombres se enorgullezcan de la mayor parte de sus vicios, pero no de la cobardía” (2)

El coraje bien encauzado formará parte de la idiosincrasia militar y la muerte digna siempre será preferible y superior a la muerte de un cobarde, porque es preferible morir permaneciendo moralmente de pie que vivir de rodillas...ante los hombres...claro.


Notas

(1) “Dios en las trincheras”. Rev P. Vicente Martínez Torrens. Ediciones Sapienza. Pág 201.
2) “Cartas del diablo a su sobrino”. C. S. Lewis. Editorial bello. Pág 137.